Casos Prácticos Convivencia 2021

CASOS DE MORAL 2021

CASO PRÁCTICO TEMA 1:  FELICIDAD Y SENTIDO DE LA VIDA

caso 1

Tomado de una conferencia del profesor Ángel Rodríguez Luño

Hace más de treinta años vino a la iglesia donde yo trabajaba una señora ya entrada en años que quería hablar con un sacerdote. Con bastantes lágrimas comenzó una narración que ahora resumo. Ella y su marido, cuando se casaron, vivieron con el propósito de alcanzar una buena posición económica y de ascender en la escala profesional y social. Trabajaron muchísimo, se privaron de tiempos para el descanso, la cultura, el teatro, etc., y tuvieron un solo hijo. No me dijo que la escasa descendencia se debiese a haber seguido un comportamiento inmoral en el matrimonio. La impresión era que fundamentalmente tenían la cabeza puesta en otras cosas. Cuando su hijo acabó la carrera universitaria, y aprobó una buena oposición, le regalaron una moto, con la que un día se estrelló y murió. A la muerte del hijo siguió un grave conflicto entre marido y mujer, porque cada uno atribuía al otro la responsabilidad de haberle hecho el regalo que resultó fatal.

Pero lo que hizo entrar en crisis a esta mujer era el pensamiento de haberse equivocado en el rumbo que había dado a su vida. Ahora ella y su marido estaban solos, sin hijos y sin nietos, se habían privado de periodos de descanso, no habían cultivado su afición a la lectura y al teatro, y al final lo único que habían conseguido, además de aportar valor económico a la empresa en la que trabajaban, era tener una jubilación de unos cientos de euros más que sus compañeros de trabajo, que en cambio vivían felices rodeados por sus hijos y nietos, y que habían cultivado aficiones culturales que habían hecho de su vida algo mucho más pleno. Si volviese a ser joven, me decía aquella mujer, plantearía mi vida de un modo muy diferente.

Y entonces formuló una pregunta que me hizo pensar mucho. Me dijo: ustedes los sacerdotes, ¿no podían ayudar a las chicas jóvenes recién casadas para que no cometan el mismo error que he cometido yo, y del que solo me doy cuenta ahora, cuando ya es demasiado tarde para remediarlo? Y como yo le había dicho que soy profesor de moral, añadió: ¿no podían ustedes escribir libros que permitiesen a la gente joven separarse un poquito de las necesidades inmediatas, para pensar en el bien de la totalidad de su vida, de modo que no tengan que arrepentirse del tipo de vida elegido cuando ya son mayores y no se puede volver atrás?

Mi respuesta fue más o menos la siguiente: en esto tiene usted toda la razón, los libros de moral deberían enseñar a planear la propia vida de forma que cuando se llega a la madurez no haya que arrepentirse no digo de tal o cual acción concreta, porque los pequeños errores son inevitables, sino del rumbo que se ha dado globalmente a la propia existencia. Y añadí: pero me temo que, por desgracia, si va a usted a una librería, los libros de moral que encontrará no servirán para que los jóvenes puedan orientar su vida satisfactoriamente.

Y continué: si en vez de leer un libro de moral habla usted con un sacerdote, es muy probable que le pregunte si cumplió o no un conjunto de normas, acerca de la vida matrimonial por ejemplo, o bien que le pregunte si hizo siempre lo que su conciencia le decía, si obró siempre en buena fe. Si usted responde que sí, si responde que obró en buena fe, quizá el sacerdote no tenga nada más que decirle.

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CASO PRÁCTICO TEMA 2: EL CONCEPTO DE » BUENO» PARA LA MORAL

Párrafos escogidos del libro de R. Spaemann, Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa, Pamplona 1993, pp. 19-31.

La pregunta por la significación de los términos bien y mal, bueno y malo, pertenece a las cuestiones más antiguas de la filosofía. Pero, ¿no pertenece también a otras disciplinas? ¿No se va al médico para preguntarle si se puede fumar? ¿No hay psicólogos que aconsejan en la elección de profesión? ¿Y no le dice a uno el experto en finanzas: es bueno que cierre Ud.

n contrato de ahorro para la construcción; el próximo año estará peor el asunto de las primas, y será más largo el período de espera? ¿Dónde surge exactamente lo ético, lo filosófico?

Prestemos atención al modo cómo se emplea la palabra bueno en el contexto citado. El médico dice: «es bueno que Ud. se quede un día más en la cama». Estrictamente, al usar la palabra bueno debería añadir dos cosas; debería decir: «es bueno para Ud.» y añadir: «es bueno para Ud. en el caso de que lo que quiera ante todo sea curarse». Estas añadiduras son importantes, pues en el caso de que alguien planee, por ejemplo, un robo con homicidio para un determinado día, entonces, consideradas todas las cosas, resulta sin duda mejor. si “pesca” una pulmonía que le impide acometer su empresa. Pero puede ocurrir que, por tener que llevar a cabo un día algo importante e inaplazable, no hagamos caso al médico que nos manda hacer reposo en cama, y aceptemos el riesgo de una recaída en la gripe. A la pregunta de si es bueno actuar así, el médico, como tal, no puede pronunciarse en absoluto. «Bueno» significa para él, según su modo de hablar, que es bueno si de lo que se trata ante todo es de su salud. Decir eso es de su competencia. Como persona, pero ya no en su calidad de médico, puede decir que, en mi caso, debo tener en cuenta ante todo la salud.

Porque si yo quiero despilfarrar el dinero, o dárselo a un amigo que lo necesita de modo apremiante, en lugar de colocarlo en un contrato de ahorro para la construcción, el experto financiero no puede decir nada al respecto. Si él dijera «bueno», entonces estaría pensando: «es bueno para Ud. si es que se trata ante todo de agrandar su peculio a plazo más largo».

En todos estos buenos consejos, la palabra «bueno» significa «bueno para alguien en un determinado sentido», y entonces puede ocurrir que la misma cosa resulte, bajo diversos aspectos, buena o mala para la misma persona. Hacer muchas horas extraordinarias es bueno, por ejemplo, para subir el nivel de vida, pero es malo para la salud. Puede ser también que la misma cosa sea buena para uno y mala para otro; así la construcción de una carretera puede ser buena para los automovilistas y mala para los vecinos, etc.

Pero también usamos la palabra «bueno» en un sentido, por así decir, absoluto, o sea, sin añadir un «para», o «en determinado sentido». Este es el significado que tiene en moral la palabra bueno. Este significado cobra actualidad siempre que se da conflicto de intereses o de puntos de vista; también cuando se trata del interés o de los puntos de vista de una misma persona, por ejemplo, los del nivel de vida, la salud o la amistad. Surgen entonces dos cuestiones: ¿qué cosa es realmente y de verdad buena para mí? ¿Cuál es la jerarquía exacta de los puntos de vista? La otra cuestión es: en caso de conflicto, ¿qué bien o qué interés debe prevalecer?

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CASO PRÁCTICO TEMA 3:   LA LIBERTAD

Tomado de varios relatos sobre el secuestro de Bosco Gutiérrez

Un caso real que plantea la cuestión.

El siglo XX ha sido el de las dictaduras de todos los colores y, sin embargo, ninguna de ellas ha eliminado el libre albedrío de quienes se han empeñado en hacerles frente. Desde Solzhenitsin en la Unión Soviética hasta Václav Havel en Checoslovaquia, pasando por Walesa en Polonia o Edith Stein en Alemania, o Gandhi, Martin Luther King, Mandela… ni la muerte es capaz de doblegar al ser humano verdaderamente libre.

Bosco Gutiérrez, es un arquitecto mexicano que fue secuestrado y permaneció recluido casi un año en una celda de plástico de tres metros cuadrados. Del relato que hace de su secuestro impresiona vivamente un episodio, de apariencia menor, que sin embargo marcó un antes y un después.

A los 15 días de su secuestro, Bosco Gutiérrez había caído en depresión. Permanecía tirado en el suelo, completamente desnudo, rodeado de heces. Los secuestradores se dieron cuenta de que perdían a su mercancía. Por eso, aprovechando que era el día de la independencia nacional, uno de los secuestradores entró en el zulo y le escribió en un papel: «Hoy es 15 de septiembre. «¡Viva México!» : hoy puedes tomar lo que quieras» y Bosco responde «ok, pues entonces me vas a traer un vaso largo, y me lo vas a llenar de whisky hasta arriba y me lo traes con un solo hielo grande, pero lo quiero hasta arriba».

Ya había puesto todas sus esperanzas en ese whisky: le iba a purificar una herida que tenía en la boca, que no cicatrizaba y le limpiaría por dentro. Esperando al whisky solo repetía: «Por favor, Dios mío que sea verdad lo del whisky, que sea verdad, que sea verdad» Y, de pronto se abrió la puerta y le dejaron un vaso alto, de vidrio, lleno hasta arriba de whisky y como él pidió. Bosco, arrastrándose, se lo lleva a su rincón. Se pasó el vaso por los labios y por la cara y empujaba el hielo hasta el fondo y el hielo volvia a subir y lo volía a empujar y volvía a subir y otra vez se lo pasaba por los labios.

De pronto nota una voz dentro de él que le dice: «ofréceme el whisky». Y Bosco: «¿Qué dices?… ¡el whisky no!. Dios mío, te ofrezco…. te ofrezco mi secuestro». Volvió a oir: «Pero tu secuestro no lo has escogido tu… tiene que ser algo que puedas escoger tu, venga, ofréceme el whisky». Y Bosco: -«Pero Te ofrezco no ver a mi familia» -«Eso tampoco lo has escogido tu…».

Bosco se levantó y tiró el whisky por el váter y se quedó en el suelo, sentado temblando por lo que acababa de hacer, y cayó dormido. Cuando despertó se dio cuenta de que algo tenía que valer, si había sido capaz de tirar el whisky. Era lo que necesitaba. Había experimentado que, incluso secuestrado, era libre. Él lo explica así: «El gesto de tirar el whisky me reveló que seguía siendo libre». Nueve meses después, en una forma física excepcional y con una lucidez extraordinaria, calculó su fuga y escapó. La fina línea entre la esclavitud y la libertad la marcó un gesto, un simple gesto realizado en completa soledad.

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CASO PRÁCTICO TEMA 4:  FUENTES DE LA MORALIDAD

OPCIÓN A: Notas entresacadas del artículo del Prof. Rodríguez Luño publicado bajo el título «El parlamentario católico frente a una ley gravemente injusta «

OPCIÓN B: Fuentes de la moralidad: objeto moral. Inspirado en algunas páginas del libro de K. Knotz “El sexo que no conoces”.

OPCIÓN A: Notas entresacadas del artículo del Prof. Rodríguez Luño publicado bajo el título «El parlamentario católico frente a una ley gravemente injusta «

Debido a un cambio de las fuerzas presentes en el parlamento, un grupo de políticos de un partido ven la posibilidad de tomar la iniciativa para promover la abrogación de los artículos más permisivos y las disposiciones más negativas de la ley vigente sobre el aborto.

Sempronio es miembro de ese partido y es católico. Repetidas veces ha manifiestado su oposición a la ley del aborto, no solo en su partido sino en el foro público, explicando que es contraria a la ley natural y al bien común. En la nueva ley que resultaría se condena en términos generales el aborto, pero permitirá aun dos hipótesis de aborto legal: grave peligro para la vida de la madre y existencia de procesos patológicos que pusieran en grave peligro la salud física de la mujer. Ambos extremos están ya recogidos en la ley vigente y no se pretende cambiarlos. Pero se abrogarán algunas normas de la vigente ley abortista, con el fin de restringir su amplitud, en la medida de lo posible, y de reducir sus efectos negativos.

Le surge el problema de conciencia de si puede sostener esa iniciativa. Tiene muchas dudas porque la ley resultante (incluso si se consigue la parcial abrogación que se pretende) sigue siendo una ley injusta a todos los efectos, que pide a los católicos un rechazo y oposición sin titubeos. Sempronio es absolutamente contrario al aborto, y entiende que no puede sostener con su voto una ley que todavía lo permita.

No obstante, en apoyo de una opinión favorable parece hablar el siguiente texto de la Encíclica Evangelium vitae (nn. 72-73):

En continuidad con toda la tradición de la Iglesia se encuentra también la doctrina sobre la necesaria conformidad de la ley civil con la ley moral (…/…). Por tanto, las leyes que autorizan y favorecen el aborto y la eutanasia se oponen radicalmente no sólo al bien del individuo, sino también al bien común y, por consiguiente, están privadas totalmente de auténtica validez jurídica.(…/…) Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. (…/…) En el caso pues de una ley intrínsecamente injusta, como es la que admite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito someterse a ella, «ni participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto».

Un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación. No son raros semejantes casos. En efecto, se constata el dato de que mientras en algunas partes del mundo continúan las campañas para la introducción de leyes a favor del aborto, apoyadas no pocas veces por poderosos organismos internacionales, en otras Naciones —particularmente aquéllas que han tenido ya la experiencia amarga de tales legislaciones permisivas— van apareciendo señales de revisión. En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos.

Así las cosas, Sempronio pide consejo a un profesor de Moral para que le ayude a discernir si sería lícito votar a favor de esa iniciativa.

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OPCIÓN B: Fuentes de la moralidad: objeto moral. Inspirado en algunas páginas del libro de K. Knotz “El sexo que no conoces”.

La complejidad de una valoración moral se puede poner de manifiesto con un sencillo ejemplo. El hecho de «abrir una herida en el abdomen» (un hecho puramente físico), no es suficiente para poder decir nada sobre la responsabilidad moral de alguien. Cuando un cirujano abre el abdomen del paciente al que está operando, realiza una acción moral completamente diferente de si un asesino clava el cuchillo en el abdomen de su víctima. Sólo podemos valorar moralmente un acto humano, una vez que hemos entendido cuál era el objetivo directo de la persona: ¿estaba salvando la vida, como el cirujano, o estaba matando, como en caso del asesino? La teología habla del conocimiento del «objeto moral del acto». El objeto moral del acto puede ser valorado únicamente cuando hayamos conocido el fin de la acción misma y el motivo por el que se elige esa acción. ¿Por qué está obrando de esta manera? ¿Para ayudar o para hacer daño? También ayuda analizar el acto humano dentro del contexto preciso en que tenía lugar: la sala de operaciones o la calle. Solo si poseemos toda esta información, vemos la diferencia moral entre los dos actos.

Algo parecido sucede en la materia de la vida sexual. Los hechos -la realización del acto sexual, el uso del preservativo, la ingesta de la píldora hormonal, el aborto- fuera del contexto donde acontecieron, no nos proporcionan información suficiente para la valoración moral. La valoración del acto sexual con el cónyuge es completamente distinta a la del acto sexual que constituye la infidelidad matrimonial. No es el acto sexual en sí lo que denominamos bueno o malo, sino si se celebra dentro o fuera del matrimonio. Los cónyuges poseen una consciencia completamente diferente de su relación respecto al caso de una pareja accidental que emprende una relación sexual. Su identidad, ser marido y mujer, es completamente diferente. Por tanto el acto matrimonial no es la misma relación sexual que el acto sexual con una persona frente a la cual no se tiene ninguna responsabilidad u obligación. Puede transcurrir igual a nivel de sensaciones físicas, pero no es el mismo acto en sentido moral.

Al igual, el simple hecho de tomar la píldora anticonceptiva, no constituye un problema moral, sino la motivación interior que influye en su ingesta: ¿se está tomando con el fin de curar una endometriosis o un quiste ovárico? (aunque sepamos que permanecerá estéril durante el tiempo que esté tomando la píldora). En este caso la hormona es sencillamente un medicamento. La ingesta de la misma píldora se convierte en anticoncepción y en un «acto moralmente malo» cuando es utilizada para eliminar la fertilidad. En este caso, las buenas intenciones, por ejemplo, para que unas relaciones frecuentes renueven y fortalezcan el amor, no justifican la elección del mal. Pensar de esta forma es engañarse a sí mismo.

De la misma manera, no es el hecho de tener un aborto lo que se somete a una valoración moral, sino si el aborto fue espontáneo, o bien si fue causado por una persona. En el primer caso, estamos ante una experiencia triste y traumática (sobre todo para las parejas que llevan tiempo esperando a un hijo) y, en el segundo, estaremos ante el aborto provocado y la vulneración del derecho a la vida. Hoy sabemos que entre el 10 y el 15 por ciento de los embarazos acaba en un aborto espontáneo. En la mayoría de los casos, la causa son anomalías genéticas. En otros casos, la causa es un anidamiento incorrecto, o anomalías inmunológicas o infecciosas. Es preciso distinguir entre los procesos que tienen lugar dentro del cuerpo de la mujer y de los que ella no es responsable en ninguna medida (sólo le parece que es responsable) y las decisiones cuyo objetivo es matar a un ser humano de las que la persona tiene la responsabilidad moral.

Cuando un médico suministra un medicamento (incluso peligroso) convencido de que, pese a los posibles efectos adversos, la terapia ofrece posibilidades de ayuda al paciente (aunque su efecto secundario pueda ser la esterilidad o alguna otra enfermedad), y no dispone de otros medios más seguros, no está cometiendo un mal moral, sino haciendo el bien moral. Como ejemplo podemos citar aquí las operaciones médicas de extirpación de testículos, del útero o de ovarios, que no dan pie a controversias morales pese a que la persona sometida a la operación será de por vida estéril. La Iglesia no formula una implacable prohibición de infringir la fertilidad (de la misma manera que permite la amputación de una pierna o de un brazo), sino que siempre pregunta por el fin de estas acciones (la intencionalidad de la propia acción). Por eso, en uno de los casos el médico, al actuar conforme a sus mejores conocimientos y con la ayuda de los medios actualmente disponibles, hace el bien moral al intentar ayudar al enfermo. Ninguna de estas situaciones puede valorarse moralmente sin conocer los argumentos del médico, sin su explicación de por qué se ha decidido por este tratamiento, así como sin conocer las circunstancias en las que tuvo que tomar la decisión.

Una valoración moral de un acto humano puede formularse una vez que se haya analizado ese acto desde el punto de vista de la persona que actuó. Si vemos que dos personas toman la píldora anticonceptiva, observando este hecho desde fuera puede parecernos que están usando la anticoncepción, pero sólo cuando hayamos conocido su motivación (el motivo por el que se elige esa acción), descubrimos que una de ellas está tomando hormonas para curar su endometriosis (motivos terapéuticos) y la otra está empleando esas hormonas para evitar nacimientos (motivos anticonceptivos). «La moralidad del acto humano depende sobre todo y fundamentalmente del objeto elegido racionalmente por la voluntad deliberada […]. Para poder aprehender el objeto de un acto, que lo especifica moralmente, hay que situarse en la perspectiva de la persona que actúa» (S. Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, n. 78).

Por otro lado, la Iglesia no habla solamente de la materia grave (acciones que por su objeto moral son siempre gravemente ilícitas) para establecer cuándo se comete un pecado mortal. Sino que recuerda también, como una condición necesaria, el pleno conocimiento del sujeto acerca de lo que está haciendo (advertencia plena) y su consentimiento deliberado. Tanto en la teología moral como en la práctica pastoral, son bien conocidos los casos en los que un acto grave, por su materia, no constituye un pecado mortal por razón del conocimiento no pleno o del consentimiento no deliberado de quien lo comete. A la hora de reflexionar sobre los pecados sexuales a menudo nos olvidamos de que la valoración moral de este tipo de pecados no se realiza sólo en base a uno de los tres criterios, sino en base a los tres criterios a la vez: la gravedad de la materia, la advertencia del sujeto y la voluntariedad de sus actos.

La inmadurez emocional, costumbres adquiridas, estados de ansiedad o depresivos, pueden condicionar mucho la voluntariedad de los pecados sexuales. A menudo estos comportamientos sexuales constituyen una expresión de reproche, un trauma o una reacción ante el sentimiento de inferioridad. En algunas situaciones la decisión de cometer un pecado nace de experiencias difíciles, o incluso dramáticas, de un profundo sufrimiento, de la soledad. En ocasiones la persona se desespera a causa de falta de perspectivas de mejorar su situación económica, a menudo se halla bajo fuerte presión del entorno más próximo. Los factores sociales, culturales, como por ejemplo una intensa publicidad de comportamientos inmorales, desempeñan un papel importante. Todas las circunstancias que influyen en la toma de una decisión para cometer el mal, así como la intención con la que obramos, pueden atenuar considerablemente la responsabilidad moral.

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CASO PRÁCTICO TEMA 5: VIRTUD: AYUDA AL OBRAR EXCELENTE

Caso elaborado por el profesor Julio de la Vega-Hazas

Julio es un chico de temperamento tranquilo, tirando a apático. Es, y ha sido siempre, retraído y poco comunicativo. Se esfuerza poco en el estudio, y es bastante perezoso. Su comportamiento pone muy nerviosa a su madre —ya muy nerviosa de por sí—, que no aguanta verle sin hacer nada, encerrado en su habitación, tumbado sobre la alfombra o medio tumbado en un sofá, viendo la televisión todo el día si no se lo impiden; con frecuencia empieza diciendo que «no sé a quién has salido tú, porque ni tu padre ni yo somos así», para seguir con cosas como «ya no sé qué hay que hacer para que espabiles»; «contigo no sé qué vamos a hacer en la vida»; «eres un desastre sin remedio»; «¡mírale!, otra vez haciendo lo de siempre: nada»; o «yo ya te dejo por imposible, mira que lo he intentado todo para que levantes cabeza». Y los comentarios casi siempre suelen acabar con una referencia comparativa a su hermano mayor: «¿No podrías aprender algo de Alfonso?, a ver si el ejemplo es contagioso»; «qué habré hecho mal para que salierais tan distintos, con lo bien que lo hace todo Alfonso»; «Alfonso lo deja todo ordenado…»; «mira tu hermano, cómo estudia…»

El primer tipo de comentarios había hecho concluir a Julio que, efectivamente, en la vida real no tenía mucho que hacer. Incluso, cuando su madre decía que «lo había intentado» todo, recordaba que incluso le había llevado a un psicólogo. Pensaba que si él era «un caso», pues «a alguno tenía que salir». Todo ello, sumado a que no se sentía muy querido ni muy aceptado, respaldaba el que se refugiase en su mundo interior: los mundos fantásticos eran más gratos que el real. Pero, además, iba acumulando cierto resentimiento hacia su hermano: las continuas comparaciones, el que él siempre acaparase los elogios —y los premios—, el que no le hiciera mucho caso —y menos desde que salía con una chica bastante guapa—, y el que efectivamente era bastante mejor dotado en todos los aspectos, era en conjunto algo que podía con Julio. Por eso, uno de sus entretenimientos favoritos era imaginarse a su hermano humillado: su hermano llorando porque le abandonó la chica, mientras él tenía a la «chica perfecta» rendida a sus pies, o incluso a la que salía con su hermano, prefiriéndole a él; su hermano hundido soportando «la gran bronca» por haber destrozado el coche de su padre a causa de la torpeza más tonta; su hermano abandonado por una hipotética esposa mientras él triunfaba como futbolista.

Pero no era eso precisamente lo que sucedía, sino más bien que a Alfonso le seguían saliendo bien las cosas, lo que Julio tomaba como una contrariedad. La única excepción fue que una vez atracaron a su hermano, y Julio no desaprovechó la oportunidad: lo pasaba muy bien imaginando la cara de susto de muerte que debía tener Alfonso, y recordando la de rabia que pudo ver después.

En el mundo fantástico de Julio abundaban las «novelas rosas», que a menudo eran prolongaciones imaginarias de la última película vista, en las que él sustituía al protagonista de turno. Lo malo es que, también con bastante frecuencia, lo «rosa» acabara en «verde». Julio no quería en principio caer en eso, pero había momentos en los que la cabeza y la voluntad estaban aletargadas, y lo instintivo, libre de frenos, se adueñaba de la situación. Solía suceder sobre todo los fines de semana, en los que tenía más tiempo a su disposición. Y sucedía cuando no se levantaba por la mañana —se hacía él dormido si su madre se acercaba—, y entraba así en un estado en el que vigilia y sueño se mezclaban en una proporción variable y difícil de determinar. Lo mismo ocurría después de comer: comía demasiado, se tumbaba después en cualquier sitio, y pronto quedaba más o menos adormilado. Cuando —tarde o temprano— se despejaba, si lo que tenía en la cabeza eran escenas obscenas, entre la poca voluntad que encontraba en sí mismo para acabar con ello y la consideración de que ya estaba enfangado con pensamientos impuros, concluía que «ya de perdidos…», y lo dejaba continuar. En ocasiones, aparecía en esas escenas la novia —o lo que fuera, si todavía no era la cosa tan formal— de su hermano, que, a decir verdad, le gustaba bastante a él. Pensaba Julio que eso era peor, porque ya no eran pensamientos sino deseos, pero el «revanchismo» hacia su hermano podía y no cambiaba de escenario.

El tiempo no parecía arreglar nada de esta situación; si acaso, iba a peor. Una de las ventajas que apreciaba su familia respecto de Julio era que raramente se enfadaba: tan sólo cuando se estropeaba la televisión o alguno de los juegos electrónicos a los que tanto tiempo dedicaba. Pero empezaba a enfadarse con más frecuencia. Nadie entendía los motivos, y nadie parecía darse cuenta de que coincidían con las ocasiones en que su hermano se compraba —o le regalaban— algo. Cuando se trató de un pequeño automóvil, el enfado pasó a ser más periódico; sin que lo atenuara el que fuera el modelo más barato y de segunda mano, ni que el 80% del precio lo hubiera costeado su hermano gracias a algunos trabajos que hizo, no podía ver cómo se iba en coche mientras que él tenía que ir en autobús a todos los sitios.

Julio se iba dando más cuenta de que así no podía seguir, de que «se estaba amargando la vida» y que el enfado que crecía en él tenía bastante de frustración: o sea, que se enfadaba con él mismo, aunque lo proyectase con los demás. Pero no se veía con fuerzas para superar esa situación, y, repasando quién podría ayudarle, iba descartando a todo el mundo, por razones varias según los casos. Al final, un atisbo de solución vino de donde menos lo esperaba: de su padre. Julio no tenía nada contra él, pero pensaba que «pasaba de él». Le llamó, y lo que siguió resultó sorprendente. Le dijo que era cierto que su madre se ponía nerviosa con facilidad, pero que lo que no había visto eran las veces que había llorado pensando qué podía hacer para sacarle de esa pasividad. Y tampoco había oído a su hermano decir a sus padres que le preocupaba cómo estaba y preguntar si podía ayudar, ni se había dado cuenta de que había pasado por alto toda una serie de fastidios causados por su culpa: desde probarse todo lo que su hermano se compraba —como no sabía doblarlo bien, se notaba—, hasta quitarle alguna foto de su novia, y otros incordios. Añadió que creía de verdad que Julio no tenía nada de anormal y sí mucho de dejadez, y que no veía por qué no se podía confiar en él, aunque tenía que ser a cambio de que se resolviese a no conformarse y a esforzarse en adelante. Julio le contó todo lo que le pasaba pero, para su sorpresa, su padre se ratificó en lo que le había dicho, y le ofreció su apoyo, aunque no iba a ser cómodo: todos los días iba a comprobar si luchaba contra la vagancia. Julio contestó que sí, que «de verdad que sí», aunque no acababa de confiar en que fuera capaz de ello.

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CASO PRÁCTICO TEMA 6: SENTIMIENTOS Y RAZÓN

OPCIÓN A: Caso Eric Sallridge y Renée Napier;

OPCIÓN B: Caso David, tomado de Interrogantes.net

OPCIÓN A: Caso Eric Sallridge y Renee Napier;

aceder desde aquí al caso completo

Eric Smallridge atropelló con su coche a dos mujeres jóvenes de 20 años que murieron al instante. Una de esas mujeres era Meagan, la hija de Renee Napier. Eric fue condenado a 22 años de cárcel por conducir al doble del límite de velocidad y borracho. Renee pensaba que se hizo justicia cuando Eric fue sentenciado. “Sentí que nuestro sistema judicial había cumplido su función y se había hecho justicia». Porque perder una hija quema el interior del alma y el dolor exige una reparación.

No obstante, algo en el corazón de Renee le decía que no todo finalizaba ahí. Por eso decidió viajar por todo el país dando conferencias a jóvenes y adolescentes sobre el peligro de conducir bajo los efectos del alcohol. Charlas que daban sus frutos y le traían algo de satisfacción… aunque cada noche volvía a sentir en su interior ese desasosiego de que algo faltaba.

Por fin, Renee descubrió una verdad profunda, algo que había estado evitando en lo más profundo de su alma: no había perdonado al joven que mató a su hija. Y era consciente de que si no lo hacía, su conciencia no la dejaría tranquila. Con esta decisión amartillándole el corazón, decidió enviar a Eric una carta que empezó con una frase sencilla pero poderosa: te perdono. Frase que pudo repetir luego en persona, dándole un fuerte abrazo con los ojos de ambos llenos de lágrimas.

«Podría haberle odiado para siempre –comenta Renee en una entrevista a la cadena CBS– y el mundo me hubiera dicho que tenía todo el derecho de hacerlo. Pero no iba a hacerme un bien ni a mí ni le hubiera hecho un bien a él. Hubiera envejecido amargada, llena de ira y de odio. Me di cuenta que si quieres curarte, el perdón es el único camino».

Pero no todo quedó aquí. Renee descubrió el poder transformador del perdón y se dio cuenta que había que compartirlo. Tomando de nuevo el bolígrafo, escribió al juez pidiendo clemencia para reducir la sentencia de Eric a la mitad: «está profundamente arrepentido por lo que ha hecho y merece el perdón». El juez aceptó por lo que había escrito… pero sobre todo por quién era la que lo había escrito.

Y así empezó una profunda amistad entre Eric y Renee. Una amistad hecha pública en diferentes conferencias que han dado juntos alrededor de los Estados Unidos –incluso cuando él todavía pagaba su sentencia de cárcel–, en donde comparten su experiencia de perdón y de redención con todo el mundo: «Quiero ir a donde sea necesario –cuenta un ahora sonriente Eric– para contar este mensaje. Porque ya no es algo solamente nuestro».

OPCIÓN b: Tomado de interrogantes.net

David tiene 15 años y es el pequeño de tres hermanos. Hoy ha vuelto de clase con bastante mal humor, cosa que por desgracia es bastante habitual. Su madre, que lo conoce bien, intuye que ha vuelto a pelearse. Sabe que su hijo tiene un carácter fuerte y le preocupa ver que con los años no mejora, sino que parece seguir igual, o incluso peor. El chico es discutidor y tiende a resolver sus diferencias de manera contundente. Enseguida “se dispara” y acaba diciendo palabras fuertes –y a veces no sólo palabras–, que producen conflictos, tanto en clase como en casa o con sus amigos.

David ha tenido esta semana varios enfados en clase. Tiene poca paciencia y es cada vez más susceptible. Enseguida se pone nervioso y acaba discutiendo. Como además ha crecido ya bastante y se siente físicamente fuerte, tiende casi sin darse cuenta a querer imponerse de modo poco razonado.

Sus padres llevan tiempo preocupados, pero no saben bien qué más decir a su hijo. “Estoy pensando –concluía su padre– que tendría que hablar con él con un poco de calma. Veo que siempre hemos hablado de estas cosas después de algún problema y estando David poco receptivo. Como este viernes no tienen clase, voy a proponerle que me acompañe a la visita que tengo que hacer a la fábrica. Como dice que quiere ser ingeniero, seguramente le gustará”.

Efectivamente, a David le hizo ilusión el plan. Durante el trayecto, que fue casi de hora y media, hablaron mucho de cosas de ingeniería. Su padre hizo un esfuerzo para explicarse bien y ser paciente. Se dio cuenta de que cuando hablaba a su hijo como a una persona adulta, éste le contestaba como una persona adulta. “Veo que este chico es más sensato y profundo de lo que parece”, pensaba para sí.

Ya de vuelta, su padre pensó que había ya un ambiente adecuado para hablar con más confianza sobre el carácter de su hijo. Le preguntó, con el mejor tono que supo. Intentó que David se explicara, y le pidió que pusiera ejemplos concretos y expresara cómo eran sus sentimientos en esos momentos. Tuvo que hacer un esfuerzo para no interrumpirle en algunos puntos que juzgaba muy poco objetivos, pero pensó que en ese momento era mejor no romper el hilo del desahogo.

David era bastante consciente de su problema, pero se veía superado por el ímpetu de sus frecuentes sentimientos de desagrado, rabia, rencor y tristeza. Además, luego se pasaba horas dándole vueltas en la cabeza a los motivos por los que él tenía razón, y acababa más enfadado todavía.

Su padre le encontró receptivo, y pudo hablarle con calma de cómo los enfados no suelen arreglar los problemas sino agravarlos; cómo con ellos se sufre y se hace sufrir inútilmente; se dicen cosas de las que luego uno se arrepiente enseguida; se producen heridas que tardan mucho en cicatrizar; etc.

Todo iba muy bien, hasta que debió decir algo un poco más fuerte, y entonces David saltó: “Tampoco te vayas a creer tú que no tienes defectos, ¿o es que no te acuerdas de las veces que te has enfadado en casa?”.

El padre de David fue inteligente y supo encajar el golpe, que por otra parte era bastante objetivo. “La verdad –pensó– es que este chico tiene unos arranques bastante parecidos a los míos. Se ve que «a tal palo, tal astilla». Por un momento sintió que comenzaba a enfadarse, pero enseguida se sobrepuso y vio que tenía que dar ejemplo a su hijo de no ser susceptible. Aprovechó la ocasión para explicárselo: “Mira, David –le dijo–, lo que me has dicho me ha producido una reacción primaria de enfado, porque yo me parezco bastante a ti. Enseguida he advertido que enfadarme no iba a arreglar nada, sino que más bien iba a estropear este rato de conversación tranquila que hacía tiempo que no teníamos.”

Siguió hablando. David le miraba con cara de asombro. Le parecía que su padre le hablaba con más franqueza que nunca. Cuando además le dijo que él también se iba a esforzar, aquello a David le sonó aún más a nuevo.

Las cosas cambiaron mucho a raíz de aquella conversación, pues quedó abierta la comunicación entre ambos, y en los meses siguientes pudieron hablar con confianza de estos temas, descendiendo a detalles concretos, y los dos lograron mejorar bastante.

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CASO PRÁCTICO TEMA 7: LA LEY MORAL 

Caso y notas para reflexión elaborado por Julio de la Vega-Hazas

Alfonso tiene quince años, y vive lo que se considera la vida normal de un chico de esa edad, sin particulares problemas. Está contento con su familia, aunque piensa que sus padres limitan bastante sus movimientos y establecen demasiadas reglas. Piensa que ese modo de proceder no es justo, porque sus padres le consideran menor de lo que es, y porque sus amigos tienen más libertad que él. Además, nunca ha dado ningún problema serio en su casa, y cuando pide explicaciones le despachan con alguna frase hecha, muy poco convincente. De todas maneras, aunque se queje, tampoco puede decirse que dramatice esa situación.

Un día estaba en casa de un amigo, y resultó que éste pasaba por un momento de desánimo. Empezaron a hablar de sus problemas, y Alfonso no se dio cuenta de que se hacía muy tarde ni, hasta pasadas las 11.00, de que en aquella familia cada uno cenaba por su cuenta y por eso no se avisaba la hora. Volvió a su casa deprisa. Como era de esperar, fue recibido con una fuerte bronca y amenazas de castigos que se le antojaron desproporcionados.

Durante los días que siguieron Alfonso no podía apartar de su cabeza lo sucedido esa noche. Estaba convencido de que, dijeran lo que dijeran sus padres, esa vez él tenía razón, y que además no tenían derecho a conocer sus motivos: no les contaría nunca los problemas de su amigo —se los contaba como amigo, y era cosa de su intimidad—. Se habría saltado unas reglas —la hora de llegada, la hora de cenar— que normalmente tenían un sentido, pero sabía en conciencia que esta vez tenía razón —era algo mucho más importante que el orden de la casa— y había hecho bien. Las normas y las leyes —pensaba— son algo que se dicta para todo el mundo sin tener en cuenta que cada persona y cada situación son distintas, o por lo menos pueden ser distintas. Eran una generalización, una cosa impersonal, y, por ser algo impersonal, una imposición. Si le dejaran libertad para volver a la hora que en conciencia pensara que debía, seguramente se portaría igual de bien que lo venía haciendo, pero lo haría bien por sí mismo, no porque se lo impusieran: sería responsable porque lo haría en conciencia, en vez de actuar sólo porque le obligan, sin mérito por no salir de él mismo.

Una y otra vez seguía dándole vueltas a las mismas cosas. Las normas y las leyes —se decía— tendrían su razón de ser para organizarse, como por ejemplo si se quiere jugar al baloncesto hay que seguir un reglamento. Pero no podía decirse que valieran siempre y para todos los casos posibles: era imposible prever todo lo que podría pasar. A primera vista, parece que los coches deben respetar los semáforos siempre, pero ¿qué pasa si uno se estropea? ¿Va a quedarse un conductor horas delante de un semáforo en rojo que no cambia porque está estropeado? Y, claro, en el código de la circulación no hay nada sobre semáforos estropeados. Y eso pasa con todo. Hasta con el «no matarás»: por supuesto que no puedes matar a alguien para robarle o porque sí, pero luego resulta que si te invaden te tienes que defender a tiros y puedes matar. Total, que las leyes están bien, pero ninguna es perfecta y todas, absolutamente todas, tienen sus excepciones. Por eso, por encima de la ley tiene que estar la conciencia de cada uno, que ve si en cada caso —en su caso— la norma se debe cumplir o se debe incumplir. Y eso sólo lo puede ver la conciencia de uno, porque sólo uno mismo conoce de verdad lo que le pasa a uno. Además, es la conciencia de cada cual la que le deja tranquilo o intranquilo, y por eso lo que decide qué está bien y qué está mal para cada uno. En cambio, lo que te mandan o te prohiben viene de fuera: como mucho, te asusta, pero no parece que hacer las cosas por miedo le haga a uno bueno. Hasta aquí, los razonamientos que se hacía.

Preguntas que se formulan:

— ¿Es la ley moral algo meramente externo, o también está en el interior de cada persona?

— ¿Todas las normas tienen el mismo valor? ¿O hay algunas subordinadas a otras? ¿Y unas perfectas, que no admiten excepciones, mientras que otras son imperfectas y sí las admiten? ¿Tiene igual valor el «no matarás» y el «no cruzar un semáforo en rojo»? ¿Valora bien el «no matarás», o debe más bien entenderse de otra manera que sí resulta inmutable, sin excepción?

— ¿El que una ley suponga una generalización implica que sea impersonal? ¿Hay algo de común en todas, absolutamente todas, las personas? ¿Qué diferencia hay entre una ley física y una norma dictada a personas?

— ¿Una ley supone una coacción por venir «de fuera»? ¿Se cumple sólo como imposición, o puede haber otros motivos más elevados? ¿Puede la propia conciencia asumir la ley como buena?

— ¿Es la ley dictada por la razón o por la mera voluntad? ¿Tiene que ser racional? ¿Un dictado arbitrario de quien tiene el poder puede considerarse como ley? ¿Hacen bien en este caso los padres despachando a su hijo con frases hechas cuando pide razones?

— ¿Es cierto que la conciencia decide lo que en cada caso está bien o mal, o más bien interpreta? ¿Qué diferencia hay entre ambos términos? ¿Con arreglo a qué debe juzgar la conciencia? ¿Si sólo juzga con arreglo a sí misma, no resultaría entonces arbitraria?

— ¿Es la tranquilidad o intranquilidad de la conciencia lo que infaliblemente indica qué está bien y qué está mal?

— ¿Es cierto que en este caso para actuar en conciencia es necesario dejar de estar sometido a unas reglas? ¿Es así siempre?

— ¿Cómo valoras la situación expuesta?

Accede clicando al Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1776-1794, 1950-1974

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CASO PRÁCTICO TEMA 8: LA CONCIENCIA

De una conversación de WhatsApp entre una farmacéutica y un moralista

Farmacéutica:

Necesito saber si esta frase está bien o si a lo mejor estoy equivocada. Yo afirmo que: «a los católicos no se les obliga a usar métodos naturales, sino que se les propone».Pero una amiga me dice que no es así. Que se nos obliga a usarlos porque si no, nos vamos al infierno.Y yo le contesto: pues Dios nos da libertad e inteligencia y conciencia. Luego cada cual sabe qué camino sigue. Pero no nos obliga nunca.

Profesor de moral:

A ver si logro explicarme. La ley moral obliga en el sentido de que da a conocer el mal que se debe evitar, y nuestra conciencia percibe como algo «impepinable» que el mal debe ser evitado.Lo que la ley moral dice es que el acto contraceptivo es siempre gravemente malo, por eso debe ser evitado.Después, los esposos que quieran portarse moralmente bien eligirán qué hacer y cómo hacerlo, sin hacer anticoncepcion, para no tener hijos cuando no deban tenerlos.

Farmacéutica:

Pero la Iglesia entonces no es que te obligue, ¿no? Quiero decir, que te marca el camino para hacerlo bien y luego ya cada uno actúa con libertad.

Profesor de moral:

Libertad… ¿Y qué es la libertad? ¿No es la capacidad de elegir por uno mismo el bien?Se nos ha «dado» (es un modo de hablar, en realidad es una propiedad que tiene la voluntad) se nos ha «dado» para eso. No para «hacer lo que nos dé la gana», sino para actuar bien (y que sea meritorio), haciendo el bien y evitando el mal «porque nos da la gana».

SE PREGUNTA:

– ¿Encuentras alguna laguna en la noción de libertad, conciencia, ley y obligación que probablemente tiene la farmacéutica?

– ¿Ha respondido bien el profesor de moral? ¿Se ha dejado algo en el tintero?

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